Es curiosa nuestra mente. Se agarra a lo que tenemos con tanta fuerza que parece que morimos si lo perdemos. Estamos ahí, asentados, apegados a aquello que nos da seguridad, sea lo que sea, porque es lo de siempre, lo conocido, lo que nos da estabilidad. Son nuestras creencias limitantes. Una relación, un trabajo, un hogar y puede que, de un plumazo, desaparezcan las tres cosas a la vez. Entonces el miedo toma el control sobre nosotros y la voz de nuestras carencias psicológicas nos susurra al oído: «No te lo mereces» «No te mereces ser feliz» «No te mereces tener una casa en condiciones» y, sobre todo, «no te mereces que salgan tus proyectos».
Es en el punto en el que comienza una especie de catarsis en la que tus emociones y tus sentimientos giran durante días como en una noria, arriba y abajo, abajo y arriba, a velocidad desorbitante. Noches sin dormir y sin poder concentrarte, tristeza, desazón, sentimientos derrotistas del estilo de «nunca lo voy a conseguir», «nunca voy a poder conseguir lo que quiero». Hasta que un día tu mente hace un click y comienza a tomar decisiones. Decisiones que tenías que haber tomado hace algún tiempo. Caes en la cuenta de que, en realidad, nada de esto es nuevo, lo que ya no funcionaba estaba ahí, eras solo tú, la que no te atrevías, la que no querías ver.
Me tomé el tiempo de analizar todo lo que había pensado, sentido o me había dicho durante estas últimas semanas: «si nada funciona en mi vida de la manera que yo quiero, quizá sea yo la culpable», «lo estoy haciendo todo mal». Aunque lo peor era lo que sentía a través de todos los poros de mi piel: «no me lo merezco». Si yo tenía la autoestima considerablemente alta, ¿de dónde venía todo aquello?
Todos, sin excepción, tenemos este tipo de creencias falsas, sabiamente denominadas «creencias limitantes». Es lo que nos han dicho, lo que no nos han dicho o lo que nos han hecho sentir nuestras figuras de apego, familia, padres, profesores. Es algo que anida en nuestro más profundo inconsciente y, que en un determinado momento, despierta. Me puse entonces a analizar las veces que me habían dicho que escribir no es trabajar porque no se gana dinero y que esa es la razón por la que no me puedo mantener. A mi cabeza vinieron las veces que me habían hecho sentir que lo que hacía era insignificante y poco gratificante y bueno, que cualquiera podía hacerlo como yo, o incluso mejor. Las veces que he sentido a mi alrededor celos, competencia o rencor por lo que escribo y también por cómo lo escribo, hasta el punto de no poder soportar verme escribir. Ahí fue cuando entendí aquella frase, aquella sensación, aquella desazón «Todo esto te pasa porque no te lo mereces». Cuando detectas la razón por la que te sientes así, y puedes actuar en consecuencia y sin acritud, les has ganado. Has ganado tu juego.
Me cambié de apartamento a uno más económico, en el que además me encuentro mucho mejor. Es un concepto diferente que muestra exactamente cómo me siento. Moderna, abierta, libre, fresca, luminosa, en paz y feliz. Le pese a quién le pese. Sigo luchando por mi proyecto, llevar mi última novela, «Médium» (aún sin editar) a la gran pantalla. Por último me estoy abriendo a otro ambiente, a otro tipo de gente. Un mundo donde el arte, la literatura y la amistad están por encima del dinero. Donde no hay que fingir lo que sientes, cómo te sientes y por qué te sientes así. Naturalidad, frescura y corazón gobiernan ahora por completo mi casa y mi vida. Y repito, muy orgullosa de haber ganado la partida, doy paso al siguiente nivel. Ver https://camaleonverde.com/morir-una-y-otra-vez/ es mi primer post, súper cortito. Porque para mí, todo en la vida es una prueba que conlleva un aprendizaje espiritual en aras de no volver a repetir los errores del pasado.



