Pase lo que pase, caiga quien caiga, nunca dejes de ser tú. Este ha sido mi salvoconducto de vida. No puedes gustar a todo el mundo, no puedes caer bien a todo el mundo, no puedes estar de acuerdo con todo el mundo, es ley de vida. A lo largo de todos estos años de experiencia, de jugármela continuamente con todo y con todos, entendí de una forma muy clara, diría que cristalina, gustarte a ti mismo es lo único que importa.
Siempre, desde que tengo uso de razón, he actuado con lo que me dictaba mi conciencia, mi intuición, pero, sobre todo, con mi corazón. Recuerdo largas temporadas en las que todo se volvía contra mí. Había un problema, había que tomar una decisión y, es curioso, siempre la decisión acertada para mí era la que más me alejaba de mi familia. Un día, en mitad de una tormenta, recibo una llamada de mi madre que me dice: «No te das cuenta, si todos pensamos igual y tú siempre diferente, a lo mejor eres tú la que estás equivocada». Siempre he sabido que no. Y no es que quiera ser prepotente, soy todo lo contrario, y digo esto porque el tiempo, siempre, siempre me ha dado la razón.
No me gustan las comanditas, los clanes, y menos el odio que los maneja. Es curioso que muchas personas no sepan actuar, pensar, decidir por sí mismas, no sepan dar la cara sin el «todos contra uno», claro que es lo que más daño hace, y de eso se trata. Algo a lo que me he enfrentado, más de una vez. Pero hay algo, algo a lo que nunca le había puesto nombre. Una voz dentro de mí, una voz que manda, incluso sobre mi conciencia. La voz de mi alma. Es increíblemente fuerte. Es invencible. Es certeza. Cuando tu alma te habla, es imposible no escucharla. Por ella, cruzas desiertos, escalas montañas, te enfrentas al mundo. Conoces las consecuencias, las sufres, pero si tú tienes la suerte de poder escuchar lo que te dice tu alma, eres inmune a los chantajes, las manipulaciones y a las venganzas.
Desde pequeña, he vivido con personas muy enfermas, con enfermedades psiquiátricas, y con otro tipo de enfermedades, aunque la psiquiatría no las reconozca como tales. Es curioso que, de todo mi alrededor, era solo yo la me daba cuenta. Es como si toda la vida me hubieran hecho dudar de mi percepción. Pero la vida me dio también un don, el de la intuición, y puede que también otro don, la fortaleza de alma. Con el tiempo y a través de mi trabajo espiritual, he ahondado sobre mi historia con una gran profundidad y con mucha luz, para llegar a una sola conclusión. Te dan fuerte familiarmente (o en cualquier otro aspecto) para que aprendas, para que el mundo ya no te sorprenda, para que siempre reconozcas la oscuridad y sus consecuencias, para que siempre escuches la voz de tu alma, pero sobre todo para que sepas, a través de tus decisiones, elegir siempre la que esté en la luz. Caiga quien caiga, pase lo que pase, nunca dejes de ser tú.
Ser tú es ganar amigas, pero también perderlas. Es ganar parejas, y también perderlas. Es ganar proyectos, pero sobre todo perderlos. Pierdes y pierdes pero cuando ganas ya es para siempre, y lo que pierdes, es solo lo que te impide ganar.


