Puede que muchos empecemos por una autobiografía (texto de hace 17 años) y luego decidamos cómo continuar. La mía comenzó en 1976, cuando tenía 10 años. ¿Cómo ve la vida una niña de 10 años? Se convirtió en la razón por la que hoy escribo.

            Acababa de sonar el timbre. Todas las mañanas, el desayuno se servía en la cocina que estaba en la planta baja. Corriendo, me puse la bata y las zapatillas y bajé las escaleras como para ganar un maratón. Yo siempre era la primera. Escuché galopar a mis hermanos, gritando y agitados, a la vez que pensaba lo distinta que era de ellos. Puede que porque fuera la mayor, era disciplinada, calmada y reflexiva, o puede que ellos tuvieran razón, siempre parecían contentos y normales, formaban su propia familia en la que yo me integraba de vez en cuando, solo si no me quedaba más remedio.

—¡Marta, ponte al teléfono!

Me sobresaltó el grito de Mari. Ella respondía al cargo de «señorita de niños», figura fundamental en las casas de lo que se venía llamando «la gente bien», una sustituta de madres que apenas tenían tiempo por estar ocupadas con las cenas sociales y las partidas de Bridge.

—Mamá, ¿dónde estás?

— Salí al gimnasio. Vuelvo a la hora de comer. ¿Todo bien por casa?

—Sí … 

Pero a ella le costaba escuchar, ya había colgado. No me quedó más remedio que concentrarme en las tostadas y en mi Cola Cao, lo hacía siempre, cambiar el foco para evitar sentir, porque sentir, por entonces, era mi mayor perdición. Pero mi cabeza volvía y volvía a la conversación. Mi madre no se levantaba antes de las once y nunca había ido al gimnasio. Pensaba en lo que últimamente se había convertido mi casa. Mis padres ya no estaban casi juntos y, si lo hacían, el ambiente era tenso. Pensaba en las prolongadas ausencias de mi padre por trabajo y en las partidas de Bridge que mi madre organizaba cuando se quedaba sola. Gente deambulando por los salones con una copa en la mano. Desconocidos que parecían saber todos los detalles de nuestra vida, una vida insignificante que transcurría en ese caserón de El Viso, cuatro plantas y nosotros en el ático. 

Yo me pasaba el rato en las escaleras de caracol, allí controlaba los acontecimientos y estaba informada de todo, las discusiones entre el servicio en la planta baja, las del servicio con mi madre, las de mi madre con mi padre. Desde allí también observaba las recepciones que tan frecuentemente se daban. El movimiento de las bandejas, los elegantes trajes largos, recuerdo algún cantante importante de la época, con el tiempo reconocí a algún político. La vida desde las escaleras era interesante, a la edad de diez años no se me ocurría ningún plan más entretenido, claro que no duraba mucho. Mari venía en el momento más interesante con uno de sus gritos.

— ¡Menudo susto me has dado! ¡Sube! Tus hermanos están ya en la cama. Sabes que no puedes estar aquí.

 Me metía en la cama, pero nunca me quedaba ahí. Mi imaginación me transportaba a los salones y, como si fuera invisible, observaba una y otra vez cada detalle, cada gesto, cada actitud, escuchaba cada conversación. Y así pasaban mis días, observando la vida. Desde las escaleras. 

Otras veces, bajaba del ático y me escondía en el vestidor de mi madre. Me encantaba ese vestidor y a menudo topaba directamente con ella, de los momentos más felices de aquella existencia, cuando me cogía de la mano y me sentaba en su cama. Yo siempre llevaba un libro de texto en la mano. Me ponía a repasar religión, historia, geografía. Ella me tomaba la lección y yo lo decía todo perfecto. La admiración en su rostro hacía que me esforzara más y más, llegué a ser la primera de la clase de ese colegio francés tan estricto de monjas que más bien parecía un reformatorio.

Recuerdo con añoranza las escaleras, las fiestas en la entreplanta, la cocina, las personas que formaban parte del servicio. La despensa, siempre llena de chocolate. Los fines de semana con mis primas, bajando y subiendo las escaleras, jugando en el jardín. Los momentos con mi madre en su cuarto a solas. A pesar del tedioso aburrimiento, era feliz. 

Siempre en las escaleras, poco después de esa llamada de teléfono, subiendo de desayunar, mi madre salía de su cuarto. Todo era como siempre, solo cambiaron sus palabras.

—Papá y yo nos vamos a separar.

 Eso fue todo lo que dijo. Luego, siguió su camino hacia la puerta principal. La observé, como siempre, mientras bajaba a la entreplanta. Con su conjunto de lana burdeos, falda y cuello vuelto, zapatos de medio tacón con hebilla, de charol negro. Sus pasos eran pausados, como si hubiera dejado de tener prisa. Abrió la puerta y luego… ya no me volvió a mirar. 

Mi madre. 

Casi imperceptible al principio, día tras día, noche tras noche, sentía en mi interior un gran vacío, una enorme sensación de soledad. Por las noches me costaba dormirme y me despertaba, como en un sueño, viéndola aparecer entre las sombras de mi cuarto.

Nunca más me volví a cruzar con ella por las escaleras, no volví a observar cómo se maquillaba antes de las cenas, cómo se probaba sus trajes en el vestidor, cómo elegía los tocados. Me faltaban las pelucas, majestuosas, colocadas sobre bustos blancos como trofeos de emperadores romanos. Sus cosas, todo había desaparecido. Sus armarios yacían, tristes, todavía alguna caja, flotando, como ausente en ese vacío de ella. 

Hasta ahí, con diez años, todo lo importante ya lo había aprendido, había aprendido a observar. Hoy, soy escritora. Había vivido en el backstage de una película de otra época, puede que «María Antonieta» o quizá «Lo que el viento se llevó». Había un aire colonial en la casa y en sus costumbres procedente de su familia y de su infancia en Filipinas que ella gestionaba con una frivolidad decadente, inocente y divertida. Todo ello respondía a una personalidad muy marcada, desde luego diferente, igual que los rollitos de primavera con salsa agridulce o los fideos vegetales con verdura y soja que siempre comíamos con ella. 


Recibo esta foto de 1976 el día de la madre de hace 17 años. Y de repente, aquellos recuerdos… Me puse a escribirlos, y así fue cómo comenzó todo.