Puede que mi vida más consciente, la vida que tengo ahora, comenzara tras una sesión de Registros Akáshicos, en el año 2016. Como nada es casualidad y una cosa te lleva a otra, en ese momento tenía un importante problema familiar relacionado con la publicación de una de mis novelas. «Casualmente», cuando recibí aquel comunicado, estaba comiendo en casa de la misma amiga que me había ayudado tras la muerte de Víctor, tres años atrás, la que me había recomendado una experta en duelos en Barcelona. Esta vez me recomendaba un método nuevo en terapias alternativas. La mejor herramienta que he utilizado hasta el momento, Registros Akáshicos.
Era una sesión de una hora con alguien a quien entonces no conocía. Tenía que formular 5 preguntas generales acerca del amor, del dinero, la salud, el trabajo y la familia para un primer reseteo de mi energía en todos los campos. Le di mi nombre y dos apellidos, la fecha de nacimiento, cerré los ojos e hice tres respiraciones profundas, como ella me pidió. Estaba lista para comunicar con mis guías espirituales. Cada pregunta llevaba el nombre de uno de mis libros. Pues era lo único que me interesaba en ese momento y, en especial, el libro relacionado con mi familia. Ella también cerró los ojos y como si estuviera escuchando a alguien, tradujo (solo expongo lo más importante, lo que más me ayudó):
«Sabemos que no ha sido fácil. Todo es un aprendizaje, tu vida entera es un aprendizaje. Te vemos demasiado centrada en los libros, tus preguntas son solo sobre libros, estás estancando tu energía ahí. Tienes que soltar, te vamos a ayudar. ¿Qué tal el amor? ¿Qué hay de disfrutar? ¿De viajar? Te vamos a mandar a alguien para que practiques y a la vez tendrás material para una nueva novela».
A los 6 meses conocí a alguien, un diplomático destinado en Marruecos. Viví con él mis particulares «Memorias de África». Luego se acabó, aunque ahora es mi mejor amigo. Vinieron años en el desierto. Muchos. Lo echaba de menos, echaba de menos esa vida, aquí nada me llenaba, nada ni nadie me parecía suficiente, puede que ni yo misma lo fuera. Retomé las sesiones de Registros como una especie de terapia. Yo la llamaba «Terapia de los ángeles». Para quien me pregunte, no todo el camino fue de rosas, puedo decir que más bien fue lo contrario. Me enfadaba muchísimo, me frustraba todo el rato. Si todo iba bien, volvía a ser muy feliz, ¿por qué en el mejor momento me lo quitaban todo? «Lo entenderás con el tiempo», me decían. «Vas a estar sola una larga temporada y donde te metas no te va a funcionar, los libros tampoco van a funcionar, aunque aprenderás a escribir desde otra profundidad, desde la profundizad del corazón. Es lo que queremos para ti. Aprenderás a quererte a ti misma y cuando ya no necesites a nadie, aparecerá la pareja que te llene y podrás volver a publicar, porque para entonces ya habrás aprendido».
Me había hecho una vida en torno al Retiro. Caminaba 10 Km al día, hacía picnics sentada en la hierba, contemplaba las puestas de sol. Escribía, en casa, en El Retiro, en un bar. Meditaba dos veces al día, había cambiado mi dieta casi a vegetariana, hacía yoga a diario. Cambié de apartamento, uno frente al Retiro, en el barrio me hice nuevas amigas, dos en especial, que me ayudaron a sobrellevar esos pesados años, cinco en total. Me metía en relaciones que no funcionaban, intentaba publicar libros que nunca se publicaron. Un día tiré la toalla y ese fue el día en el que todo empezó a cambiar. Dejé de lado el control, todo lo que me empeñaba en controlar nunca salía. «Solté», nunca mejor dicho, ahí sí que «solté», «solté» todo. El universo tenía mejores planes para mí. Cuando me quise dar cuenta había reescrito mi vida. Había ido profundo hacia mis creencias limitantes, hacia los patrones que repetía en cada relación, había hecho las paces internas con mi familia. Había viajado a través de regresiones, de sesiones de hipnosis, había conseguido entender, perdonar mi pasado. Había ampliado hasta el infinito mis temas de interés, su profundidad en la investigación. Me había hecho irresistiblemente autónoma y había aprendido a disfrutar de la vida «como si no hubiera un mañana».
No es posible la felicidad plena si no has hecho un trabajo interno, si no has profundizado en ti mismo, si no te has descubierto a ti mismo. No es posible la felicidad plena si no sabes disfrutar contigo mismo en todos los campos de la existencia humana. No es posible la felicidad plena con alguna dependencia de algo o hacia alguien. No es posible la felicidad plena sin una espiritualidad plena. Esto es, no es posible la felicidad plena sin perdón, amor, comprensión, compasión hacia ti mismo y hacia todas las personas, en especial las que te hicieron daño.
Cuando sientes que, por fin, has solucionado tu vida, compartir con alguien que también se siente completo se convierte en algo muy placentero y extremadamente tentador.


