No es Schatzalp, el sanatorio que el escritor Thomas Mann visitó con su mujer y convirtió en el escenario de su novela. Es La Concha, un verdadero símbolo. La famosa cordillera de panorámicas vistas y naturaleza salvaje. Visible desde casi cualquier punto de Marbella, se erige, desde el centro, como un gigante anguloso ante las suaves costas del litoral mediterráneo. Castaños, cerezos, helechos, olivos contrastan, como un manto que arropa, con el frío macizo grisáceo de roca caliza blanca. Observo la montaña durante horas, porque desde pequeña, puedo sentir su magia sanadora.
A los pies de La Montaña Mágica, me sumerjo en las aguas limpias, heladas, envuelta en algas y sal, siento mi cuerpo entremezclarse con el color azul magenta del mar. Energéticamente, el violeta es el color del chakra corona o «Sahasrara», tiene su ubicación en la coronilla y se relaciona con una espiritualidad profunda, con lo divino, con la innovación artística, la creatividad. El violeta es el color que veo cuando cierro los ojos durante mis meditaciones. Podría quedarme una eternidad, ahí, observando, sintiendo la magia brillante del violeta eléctrico actuando a través de mis células. Es el último color del espectro y por tanto el último color que el ojo humano es capaz de percibir. Posee la energía femenina que adquiere del azul, y la energía masculina que proviene del rojo, de ahí su inmenso poder de equilibrio.
Un cierto sentido de misterio y de sofisticación se desprende, quizá, de una personalidad cuyo objetivo principal es la sanación, como ese manto que arropa. Cuando vas sanando las energías estancadas de tu pasado que se acumulan en tu inconsciente, el karma, ese macizo que se enraíza bajo el mar, tu cuerpo, tu mente y tu espíritu se van descargando de una forma que enseguida resulta evidente. Sientes que el presente se aligera cristalino como el agua en la que aquí me sumerjo. La mente se va liberando del ruido, de ese run run con el que carga nuestro inconsciente, fruto del sufrimiento acumulado. Te vuelves capaz de vivir el aquí y el ahora con toda su intensidad, como un milagro, como el manto que arropa, sin un resquicio del pasado ni un mínimo pensamiento del futuro. Porque el presente es, en realidad, el único tiempo que para nosotros existe. El pasado, ya pasó y solo hay que volver para entenderlo, perdonarlo, sanarlo. Para eliminar esa carga de nuestro inconsciente, de nuestra energía. Y, el futuro… aún no ha llegado.
Vivir el aquí y el ahora no es «Carpe Diem» en su sentido más frívolo y peyorativo. Es ser capaz de despertar al máximo nuestros sentidos, saborear un tomate que sepa a tomate, disfrutar los tonos rojizos de una puesta de sol, contemplar sin medida la montaña mágica, fundirte una y otra vez con los tonos azulados del mar. Es ser capaz de emocionarte y dejar que el corazón te guíe. Poder apartar la mente y sentir. Sentir en qué lugar y con quién estás bien y en qué lugares, con qué personas no lo estás. Porque el secreto para estar bien en el presente es solo uno, dejarte sentir y actuar, siempre, de acuerdo con eso que estás sintiendo. Es dejarte llevar, aunque algunas veces cueste, y es disfrutar, sin límites. Porque todos tenemos un futuro que hemos proyectado, un futuro muy deseado, que, según la ley de atracción, solo llegará a través del mejor de los presentes, después de haber disfrutado, como si no hubiera un mañana, con todas las posibilidades que la vida ha puesto a nuestro alcance.




