¡Es algo tan mágico! Absolutamente liberador. ¿Y, qué libera? Las emociones, los sentimientos estancados, lo que no pudimos decir, lo que en su momento no nos atrevimos a expresar, los malosentendidos. Libera la culpa. Libera el rencor. Pero, sobre todo, nos libera del ego.
El ego es la energía más oscura que tenemos en nuestro interior. Son las barreras, las limitaciones que nos hemos forjado en nuestro camino para protegernos, para sentirnos a salvo, para no sufrir. Sin embargo, el ego nos impide relacionarnos de una forma sana, nos impide sentir, y es el motivo por el que muchas personas no puedan amar. Es la máscara. Es cuando el personaje invade a la persona, engulle su alma. Derribar al ego no es fácil, tras tanto sufrimiento, pusimos demasiado esfuerzo en construirlo. Hay demasiada resistencia inconsciente en ello. Nos produce demasiado miedo, nos hace sentir demasiado vulnerables. Sería algo así como dejar de existir, como volatilizarnos.
Cuando conseguimos derribar el ego, es cierto que nos exponemos, que nos quedamos sin defensas. Es como si dejáramos al otro vía libre para que entre, para que pueda dañarnos. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Cuando decimos de corazón «te quiero», tras un enfado, en un momento sensible o en un momento de amor, todo se transforma. Es la energía más sanadora que existe, porque transmuta la relación, aunque el que realmente sufra esa transformación sea uno mismo.
Es un momento de crecimiento interior. Sientes una fuerza inconmensurable. La fuerza del corazón. La energía del amor. La más potente que hay. Por experiencia sé que mueve montañas. Es una energía que me da tanta seguridad, creo que es la única que me da seguridad. Porque hay tantas personas que no pueden pedir perdón, que no se arrepienten, tantas personas que no pueden salir de ahí, que sufren dentro de su cárcel, de su ego sobredimensionado.
Cuando dices con el corazón «te quiero» no es tanto por la otra persona, que sí, en realidad, lo dices por ti. Igual que cuando pides perdón. No pretendes que la otra persona cambie, porque eso no está en tu mano. Eres tú el que se libera, el que respira, el que vuelve a vibrar. Eres tú el que no se queda estancado, el que suelta, el que puede pasar a lo siguiente. El que abraza el amor, se hace fuerte.
Cuando me di cuenta, de forma consciente, de esto fue durante la adolescencia de mi hija. Me acababa de separar, sola con ellos, sobre todo para ella, hiciera lo que hiciera, nunca estaba bien. Hasta que llegó el día de su Confirmación, elegida por ella, en la que desde el lugar donde hacían un retiro, recibí una maravillosa carta. En ella, enumeraba y valoraba todas y cada una de las virtudes que ella veía en mí como persona y como madre. Terminaba con un «Te quiero» y con un demoledor «perdóname».
Y así, con algunas experiencias más, algunas de muerte cercana, de las que hablo siempre, porque marcaron profundamente mi vida, nos acostumbramos a pedirnos perdón en el mismo día (nunca sabes si es la última vez). Nos acostumbramos a ceder, a querernos con nuestras imperfecciones. A ayudarnos, y sobre todo a no juzgarnos.
No juzgar es lo que más cuesta. Cuesta muchísimo. Es importante seguir sin mirar alrededor. Sin mirar cómo están las personas que nos rodean, con sus egos, con sus egoísmos, con sus miedos. Lo único que importa es que sigamos firmes en nuestro camino y que siempre podamos decir a las personas que nos importan: «perdóname» «te quiero».





