El canto gregoriano, los ojos cerrados, la respiración profunda, sentada en primera fila en la iglesia de la Abadía de Santo Domingo de Silos, acompañando a los monjes benedictinos en su rezo nocturno, puedo sentir su presencia. Energía de Dios en Silos. Una energía que, como un calambre que electriza, me invade por completo recorriendo todo mi cuerpo. Mi pulso se acelera, mi corazón comienza a latir con fuerza, un ligero mareo. Sé que es él. Su energía está en mí.
Habíamos llegado de Madrid al atardecer. Acompañadas por Marilé Zaera http://marilezaera.com/, Cónsul de Silos para España. Nos recibía el Alcalde de Silos, Emeterio Martín Brogeras, con un aperitivo en la terraza de su hotel “Tres Coronas de Silos” https://hoteltrescoronasdesilos.com/ donde nos hospedamos por una noche. Al corriente de la energía tan potente del monasterio, le conté sobre la experiencia mística que tuve cuando fui a Jerusalén y él me dijo: «Vas a sentir lo mismo, mi consejo es que te coloques en primera fila y cierres los ojos». Y así lo hice.
Consciente de que había llegado de Madrid con una energía confusa, últimamente casi no dormía a causa de algo que me había provocado un fuerte stress. Me encaminé a solas a la iglesia con un poco de antelación. Las luces estaban apagadas, salvo las del altar. Comencé a sentir paz casi de inmediato. El estilo desornamentado que el arquitecto del S.XVIII, Ventura Rodríguez, proyecta en los muros sobre de la planta de cruz griega, hace que mi vista se enfoque directamente en la talla de nogal del Cristo Crucificado. Una muerte para enseñarnos cómo vivir, las bienaventuranzas. Cierro los ojos, respiro hondo y hago mi primera petición: «Señor ayúdame a gestionar mejor el sufrimiento que nos infringen otros». No sé cuánto tiempo pasó. Como en un sueño, una voz me decía: «¿Todavía no lo sabes distinguir? ¿No sabes que las personas que te causan sufrimiento están en un nivel diferente de vibración al tuyo?». Claro, sí, sí lo sabía. Siempre conocemos la teoría, tan difícil de llevar a la práctica. La gente que te daña no está en tu frecuencia vibratoria. En la tierra todas las frecuencias, las muy altas y las más bajas, están mezcladas. La sensibilidad que te da vibrar en una frecuencia alta te hace sufrir mucho más, pero también te da el privilegio de poder conectar con las frecuencias más elevadas, a las que poca gente tiene acceso, las celestiales. Esa sensibilidad te marca en tu recorrido terrenal, sin embargo, tu potencial de disfrute se vuelve infinito, en cualquiera de los dos mundos.
La meditación, me preguntaron las amigas que me acompañaron, ¿qué es la meditación? Les expliqué:
«La meditación es lo que he hecho durante los cantos gregorianos, la meditación es cerrar los ojos, hacer una respiración profunda, apagar la mente y abrir el corazón. Es dejarte llevar por la música celestial, la de los cantos de los monjes. La meditación es conectar con la energía divina, es la fuente de vida, desde ahí se producen todos los milagros, todas las sanaciones. Es algo que te da paz, bienestar. Es amor. Con lo que recuperas el sueño, la alegría y la pasión por la vida». Es verdad que hay lugares mágicos, lugares sagrados, en los que esta practica se eleva potencialmente a otros niveles de realidad.
Gracias de nuevo a mi amiga, Cónsul de Silos, Marilé Zaera por regalarnos esta experiencia, por el grupo, por la gente, tu gente, que mezclas con tanta generosidad y sabiduría. Gracias al alcalde de Silos, Emeterio Martín Brogeras, por las cenas y las comidas, por las conversaciones tan interesantes de política, de espiritualidad, de la vida. Gracias al padre Dionisio, monje benedictino, por la visita tan extensa a la abadía, al claustro, a la biblioteca, la botica, los subterráneos de las primitivas iglesias, la visigoda y la románica. Me siento muy afortunada por esta experiencia y por haber compartido con personas tan buenas.





