En Madrid ya es Navidad. No se puede circular por el centro y menos a las 19:00 horas. Había estado en urgencias esa mañana y me habían recetado un antiinflamatorio bastante fuerte. Pero no podía fallar a Rebeca https://rebecasala.com/ porque sé lo importante que es para ella. Un pase privado para 20 personas que organizaba Joaquín Górriz, director y guionista de «El perverso mundo de los cubitos de hielo».
En mi despiste habitual, había leído la mitad del mensaje, calle Gran Vía en Madrid. En el peor de los casos, voy andando, pensé. Total, que al final llevaba 2 Enantyums encima y decido coger un taxi. Resulta que la calle exacta era Avenida Gran Vía de San Francisco. Ya con taquicardia, no llegaba seguro, el taxista me informa que está por el centro, por la calle Toledo. Pasamos el Rastro, yo mirando cada cinco minutos mi navegador. Llegué, mucha gente llegó tarde.
El espacio Dama me encantó. Todo blanco, se respiraba buena energía. La sala de proyecciones era pequeña y muy diferente, como de diseño. No puedo hablar mucho del corto porque no tengo el criterio suficiente ni me ha llegado información necesaria. Sí sé que se va a presentar en varios festivales de cine. Disfruté mucho con la actuación de Rebeca, con el guión, con la imagen, la fotografía y también de verlos ahí, a los actores y al director, con su discurso de bienvenida.
Cuando terminó, nos hicimos unas fotos de grupo, algunos se marcharon, nos invitaban a un vino en el bar de al lado. Ví a Rebeca a lo lejos, hablando con unos y con otros, yo también me iba a ir. Pero no, no era mi destino marcharme. Se me acercó alguien muy atractivo, pelo blanco, alto, tipo Richard Gere y me preguntó si sabía dónde estaba el bar, a lo que contesté que no tenía ni idea, me vi charlando y caminando con él hasta que lo encontramos. Era director de cine, no supe mucho más. Llegamos al bar y alguien lo llamó, una chica, así que desapareció.
Con lo tímida que soy, aunque no lo parezca y solo hasta que me suelto. Me encontraba en un mundo desconocido, muy técnico, y de mucha intimidad, se conocían todos de la profesión. Como pulpo en un garaje, iba de grupo en grupo, escuchaba, sonreía aunque no captaba demasiado las conversaciones, hablaban de personas a las que no conocía. Hasta que me quedo a solas con un hombre más joven, encantador, muy cercano, sencillo y sin ego. Por fin, alguien se interesa por lo que hago. Total, que le cuento mis peripecias con el mundo del cine, y veo que conoce muchísimo a todos los directores con los que había intentado sacar «Médium» adelante. Por supuesto, íntimo de Norberto López Amado, con el que yo había trabajado un año. También conocía a Javier Elorrieta e incluso a las agentes literarias con las que había contactado en el pasado a través de mi amiga periodista, escritora y crítica literaria, Mercedes Monmany. Se acerca Joaquín Gorríz, al cual me introduce, y comienzo a comentar mi experiencia en este mundo, del que no conozco lo suficiente, y me preguntan la razón por la que no he publicado «Médium». Sencillo, después de varios años de trabajo, para que me tomen el pelo, realmente no me compensa. Joaquín Gorríz me pregunta si tengo otras novelas publicadas. Según menciono «Dejé mi corazón en Manila», noto un destello especial en la mirada de Salvador. Es cuando me dice quién es y que estaría muy interesado en leerla. Salvador Calvo, premio Goya al mejor director novel por «Los últimos de filipinas».
No creo en las casualidades. Creo en el destino. No sé por y para qué me pasan las cosas, conozco a ciertas personas. El caso es que he dejado de intentar entenderlo. Ahora, solo lo disfruto.






