¿Por qué elegí un camaleón? Por su habilidad de cambiar de color según las circunstancias, lo que le permite esconderse de depredadores que se encuentren cerca, así como llamar la atención del sexo opuesto. ¡Sin quererlo, esto último he conseguido! Su piel, rica en queratina, presenta gran resistencia a la vez que exige mudas periódicas como única forma de restaurarla.

            

Un desdoblamiento que, en realidad, solo habla de mí. De la mano de Camaleón he experimentado el mundo a través de unos ojos que pueden ser movidos independientemente uno de otro, ambos, el terrenal y el espiritual, convergen en la misma dirección, concediéndome, a través del Camaleón, una visión estereoscópica y una percepción de amplísima profundidad. 

El amor, el amor también lo encontré a través de Camaleón. El amor a mí misma, el de mi valía, personal y profesional. El amor en mi corazón condujo otro amor hacia mí, el amor de pareja. ¿Cómo te podrían amar si tú no te amas a ti misma?

El amor, ¿es tan difícil?, el amor. Tan complejo para algunos. Solo te amas si una vez te amaron. ¿Por qué no nos amaron? Quizá el narcicismo no lo permitiera. Quizá sembrar el caos y la destrucción haya sido más fácil que aceptar y sanar la niña interna. Quizá mi compromiso con mi trabajo, mis hijos, mis nietos, mi pareja, el compromiso con mi vida, quizá sea el mejor premio que me he trabajado y me he concedido a mí misma. Siempre haces lo opuesto a lo que tanto te hizo sufrir. Que no te insulten, que no te falten el respeto, que no te humillen. Para eso, también, he necesitado a mi Camaleón y su visión panorámica. El amor espiritual. La luz es la única capaz de sanar tanta oscuridad. El perdón, la compasión, las protecciones energéticas y los límites reales, en lo terrenal, los dos ojos del camaleón convergentes en el mismo lugar. 

Mi Camaleón, mi alter ego, mi blog. No me sentía como para escribir una cuarta novela y tomé la decisión, El Camaleón, sin saber dónde me iba a llevar. La incertidumbre, quizá haya sido el mayor regalo. La improvisación, el juego, el proyectarme en las personas y causas que entrevisto. El no tener límites, porque no hay límites, podemos adquirir las propiedades de un ave, un insecto, un animal. Somos criaturas mágicas. Podemos ser duendes, hadas, ninfas. ¿Cuándo dejamos de jugar? Juguemos con nuestra niña interna, con su inocencia, con su pureza. Vivamos en la Luz y no encerrados en las mazmorras de la Oscuridad. 

La única forma de reconocer lo que brilla es reconocer cómo funciona y qué necesita lo que no brilla: apagar tu luz. Las protecciones son necesarias, los juegos son igual de necesarios. La oscuridad secuestra, la luz libera. Hagamos siempre el amor y nunca la guerra y nunca, nunca dejemos de jugar.

Gracias por tanto, Camaleón.